Above and Below. Oriol Aribau. Casa Elizalde.

Tan lejos, tan cerca

Los dibujos de Aribau no permiten ser vistos de lado. Si uno se sitúa de forma oblicua al papel, pierde detalles de escala micro –pequeñas curvaturas, aristas o el encajonamiento de las figuras en el espacio– que tienen un efecto devastador en la percepción total de la imagen. Su obra no acepta modismos instagrameros, son un grito a una frontalidad distinta, –paradójicamente en una época donde parte del arte llega a través de la pantalla del móvil– pues la delicadeza de sus obras hace que sólo puedan apreciarse bajo la mirada directa y real, contundente como el grafito que conforma matices escultóricos en muchos de sus dibujos.

Bajo la apariencia de monolitos y figuras –incluida la escultura triangular de arcilla sin proceso de cocción, con leves signos de erosión pero suave a la mirada táctil– la calidez de sus piezas acompaña; en todas ellas se cuida el detalle y la composición, la vibración de los límites hechos a pulso, donde lo aparentemente rígido se torna blando y vibrante cuando la vista se acostumbra. Y es que sus dibujos condensan tiempo y sensibilidad, y por ello necesitan de ambas condiciones para ser percibidos. Es el balbuceo del dibujo el que habla a la mirada. Las cualidades pictóricas del monocromo construyen, –según la cremosidad del lápiz: unas veces bajo el brillo metálico del gara bato, otras con el absorbente lápiz negro– un minucioso cúmulo de gestos que edifican sentido sobre la “nada” aparente, conformando figuras cartográficas.
El binomio entre lo rígido y lo moldeable se encuentra también en su tratamiento del hierro, donde la escultura “S/T” levita sutilmente a pocos centímetros del suelo, en el centro de la sala, mostrando el recorte de formas que parecen haber escapado hacia las obras en papel, conformando un vacío concreto, generando una doble presencia a través de la sombra que se proyecta bajo la escultura.

A través de un trazo contorneado –propio de alguien que conoce bien la arcilla y el mimo de la porcelana–, se evoca una amabilidad contrapuesta a los punzantes vértices ariscos, que conviven en ocasiones de forma hiriente en el papel. ¿Qué clase de límites explora Oriol Aribau en sus dibujos? ¿Qué metáfora esconde? Me aventuro a pensar que Oriol propone escapar del papel, sino de la comodidad de la vida moldeada y definida, comprimiendo y tensando formas, haciendo latente la incomodidad de una figura perfectamente desencajada, con deseo de eclosionar y mantener abierta la pulsión de riesgo, donde el arte se sitúa.

En la obra de Aribau atraviesan varias líneas, todas ellas desbordando límites disciplinares de forma harmónica por el espacio, como si de una partitura se tratara. Parece ser el campo de la variación donde se mueve su estudio atento y progresivo de lo esencial. Su terreno de juego se aleja de la espectacularidad, acercando pequeñas derivaciones de lo que señala como enclaves, gestos, posturas y movimientos en el espacio. Al fin y al cabo, son figuras o “cuerpos”, unas veces en reposo –las zonas de descanso ante el esfuerzo condensado del grafito– otras en tensión, o incluso en un espacio gravitatorio que deviene poético.

Recordando los “Drawings on a bus” (1954) que el artista Ellsworth Kelly, realizó en un trayecto en bus en Paris, podemos encontrar símiles entre los estudios de forma, línea y composición sobre una libreta en blanco, plasmando las formas cambiantes de las sombras en la ciudad. Escapando al peso de la figuración –tal como Ellsworth Kelly hacía– Aribau se sitúa en una tradición que quiere despojarse del peso de representar, eligiendo paradigmáticamente el imaginario de las plantas arquitectónicas. Cuando uno se asoma al dibujo como mancha –o a los espacios en blanco que devienen forma– la nada y el abismo de repente se tornan figuras.

De una forma sutil Aribau hace de su experiencia cotidiana mapas selectivos de su memoria en lugares, unas veces se antojan lejanos, soñados, otros aparecen como lugares de paso, donde los espacios gravitan interconectados por un mismo marco y que desencriptamos gracias a sus títulos–fruto de experiencias laborales en espacios expositivos– otras formas remiten a su propia intimidad –el hogar– o el recuerdo de la fugacidad del tiempo apropiándose de formas que remiten a las esquelas fúnebres –el díptico in memoriam– todas ellas bajo la aparente negación de la imagen, abriendo así un espacio de posibilidades donde mantener viva la memoria cartográfica de sus propias vivencias y deseos.

Mercedes Mangrané
Marzo 2018